30 julio 2006

PILLADAS

Faltaban unos meses para que tuviera que hacer los votos, los cuales me convertirían en "madre" o lo que es lo mismo, monja de por vida y no estaba dispuesta a que eso fuera así pero no encontraba el modo de salir de allí. Estaba aún, o al menos eso creía yo, bajo la tutela paterna y no podía decidir por mí misma. Angela (casi un año menor) y yo empezamos a maquinar cómo y cuándo sería nuestra salida.


Generalmente cuando estábamos juntas cada noche no solíamos dormir, o si alguna lo hacía la otra se quedaba en cierto modo de vigilia puesto que Angela tenía que volver a su dormitorio. Pero una noche nos dormimos. Y fue el principio del fin.


Sentí que me zarandeaban y sentí los golpes. No sabía qué pasaba y pensé que no había escuchado la campana de los rezos, pero quien se cebaba conmigo parecía estar realmente furiosa. Conseguí ver a la madre superiora que era quien me pegaba. Escuché un grito y eché una ojeada rápida hacia el otro lado mientras trataba de parar aquella secuencia de puñetazos. Vi a Angela intentando también cubrirse mientras otra de las madres la golpeaba. Pensé que efectivamente nos habíamos dormido las dos y que no habíamos oído la campana, por eso entraron a "despertarme".


Tuvimos que vestirnos delante de casi toda la congregación que a los gritos y voces se habían agolpado en la puerta. La mirada de la madre Elvira, la superiora era de ira divina y por un momento pensé, casi con alegría, que nos echarían de allí. Me encerraron en el dormitorio y se llevaron a Angela; me llené de rabia pensando que la iban a seguir golpeando sin importarme si lo hacían luego conmigo. No sé el tiempo que pasó pero fue mucho hasta que vinieron a buscarme. Custodiada por dos de las madres y seguidas por el resto me introdujeron en el despacho de la superiora. Estaba ella sola.


Me habló del enorme pecado contra Dios que había cometido y de que nunca tendría paz. De la vergüenza infringida al propio convento y a cada una de las madres a quien algún día debería pedir perdón una a una. Del deshonor a mi familia que nunca más podría mirar con dignidad a nadie. Yo era ya una mujer de 25 años, pero desde los 17 estaba en aquel lugar, y lo que la madre decía iba hundiéndome en el remordimiento del mal hecho a todo el mundo. No me atrevía siquiera a levantar la vista del suelo. Y entonces la superiora dijo algo que hizo que la mirara. Yo debía sufrir un severo castigo por mi maldad, un castigo que el propio Señor había dictado contra quienes van contra sus leyes. Pensé que hablaba de encerrarme -no era la primera vez- en aquella celda de castigo, pero no, no se refería a eso, hablaba de otra cosa pero no conseguía saber qué. Al ver que la miraba paró de hablar y su rostro se llenó de furia; bajé de nuevo la vista.


Durante todo un mes... todo un mes... tuve que golpear mi espalda desnuda con un pequeño látigo en cuyas puntas había enraizadas pequeñas ramitas de los rosales del huerto. Siempre había mirado aquellos rosales preguntándome qué sentido tenían allí, cuando el resto eran plantas comestibles; en cualquier otro lugar hubieran sido un adorno, pero las monjas no solían ornamentar nada. Por fín había descubierto para qué se salvaguardaban. El castigo de ese fragelo debía durar media hora, y durante el mismo era observada por una de las madres que comprobaba el daño, supongo que para comunicarlo posteriormente a la madre superiora.


No volví a ver a Angela, que fue trasladada a otro convento. Cuando nos encontramos, ya en la calle, todo parecía haber cambiado tanto que casi fuimos dos extrañas.

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